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Fermín soñaba con convertirse en abogado. Su padre lo era y, durante su adolescencia, se había sentido atraído por la idea de la justicia. Hasta que escuchó hablar del periodismo. 

Y lo hizo con la historia de un joven abogado de veintipico años que lo dejó todo para irse a la guerra en moto. “Yo quiero hacer esto”, pensó. Así que decidió omitir el paso de la abogacía para lanzarse con el periodismo de guerra. Sin saber realmente cómo era ser periodista y mucho menos qué significaba la guerra. 

Snapseed.HEIC

Fermín Torrano

La voz de los olvidados

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Morgana Ciordia \ Pamplona 

Imagen cedida

Una vez en la universidad, su vocación se fue desvaneciendo poco a poco para dejar paso a las dudas. Torrano pensó incluso en abandonar la carrera y con ella su sueño.  Pero no lo hizo. En 2019, cuando cursaba el último cuatrimestre de sus estudios, se fue de Erasmus a Polonia, país fronterizo con Ucrania, dónde en aquel momento tenía lugar una guerra. Tras finalizar su experiencia, que recuerda como una vida de viajes, jolgorios y amigos, puso rumbo a Ucrania movido por la curiosidad. Allí conoció a Sasha, Lena y Andrii, entre otros. Y ellos le harían regresar.


A lo largo de este camino, Miguel Gil y David Beriain han sido los grandes referentes para Torrano. En el caso de Beriain, no solo a nivel periodístico sino humano. Durante su adolescencia, fueron varias las ocasiones en las que, amigos de Torrano, le juzgaron por cuestiones ideológicas. A pesar de su enfado con ellos, Torrano necesitaba entender el porqué de un tweet insultándole cuando esa tarde se habían tomado una cerveza juntos. Con los vídeos de Beriain, comprendió que no estaba loco. Su discurso le hizo comprender la existencia de los tonos grises entre en el negro y el blanco, convirtiéndose en un refugio para él y en las palabras que un Fermín de dieciséis años no era capaz de pronunciar.

Con el estallido de la guerra entre Rusia y Ucrania en 2022, Torrano supo que había llegado el momento de volver, así que puso rumbo al país en el que se quedaría durante los próximos tres meses. 

 

Sin dominar el idioma, Torrano aterrizó en la frontera polaca donde coincidió con un grupo de personas que hablaba inglés. De una forma o de otra, cuenta el periodista, daba con esa gente dispuesta a ayudarle. Existe otra solución: el fixer. Se trata de un profesional que cobra entre 150 y 400 euros al día por hacer de traductor. Mucho más de lo que cobra cualquier periodista por una pieza. Para los freelancers, por lo tanto, el fixer queda, de inmediato, descartado. Y la única opción restante es buscarse la vida. Así lo hizo Torrano. 

 

A su llegada, la novedad y el nerviosismo europeo por conocer qué estaba pasando obligaba a mantener un ritmo de vida y trabajo duro. Las jornadas eran intensas: Torrano estaba en pie a las cinco de la mañana buscando historias en la calle. Entrevistar, fotografiar y, si había tiempo, comer. A eso de las ocho, volvía al lugar en el que se alojaba y comenzaba la carrera por terminar el reportaje a tiempo para enviarlo al editor. Una vez hecho, hora de dormir. Solo si el cuerpo se lo permitía. Las primeras noches, la locura es tal, que es complicado caer rendido bajo las sábanas. Si a eso se une que ese día la entrevista no ha salido como debería o el periódico aprieta para publicar, aparecen las dudas: “¿Qué hago aquí? ¿Por qué seguir? ¿Merece la pena?”. Fermín lo tiene claro. La respuesta es sí. 

 

Con el paso del tiempo, el interés se perdía poco a poco y con él el estrés de los periodistas por saciarlo. Los tiempos se ralentizaron permitiendo un periodismo más cuidado, un periodismo, a ojos de Torrano, mejor. Y es que a él lo que siempre le han gustado son las historias.

La llegada a Ucrania

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Desde pequeño, y de manera inconsciente, comenzó a calar en el periodista el afán por contar historias. Torrano encontraba fascinantes las de su abuelo o su familia, por ejemplo, y se preguntaba por qué no se daban a conocer. Años después esa ambición por transmitir vivencias fue la que le llevó a Ucrania.

 

Mientras el resto de los periodistas hablaban de mapas, geopolítica y bombas, Torrano solo podía pensar: “¿Y las personas?”. Hay cuarenta millones de habitantes y él quería conocer qué había tras de ellos.   

 

Torrano habla de “Los olvidados”. Es un concepto aún si definir, que engloba desde una mujer de sesenta años y su madre de ochenta años, con la cadera rota, que viven bajo tierra y no se hablan con su hermano porque él decidió irse a Rusia; o un chico que se escapa a Crimea en 2014 y acaba de voluntario civil en El Donbás, Rusia. Descontento con la región, se marcha al otro lado del país con su familia y decide combatir, cuando estalla la guerra, porque necesita que la situación acabe. “Los olvidados” no son arrinconados o invisibles, son Galina, Sasha o Andrei. Son todos aquellos que tienen algo que decir. 

 

 

Sus historias aparecen sin buscarlas, asegura el periodista. Se encuentran, sobre todo, con el respeto y la confianza por delante, y están escondidas tras la vuelta y vuelta de una tortilla de patatas en una clase de cocina exprés o una conversación para alardear de haber ganado Eurovisión. Para algunos, media hora y dos buenas citas son suficientes para hacer periodismo, para Torrano sus protagonistas van más de un simple artículo.

Los olvidados

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La guerra y la muerte van de la mano. Desde el estallido de la guerra, se presentan en las ciudades ucranianas arrasando allá por donde pasan. Son impactantes, a cualquiera se lo parecería, pero Torrano se siente más alucinado por la despedida. 

 

Es duro reparar en el anillo de casamiento de un cuerpo inerte tirado sobre la carretera y, de inmediato, pensar en la mujer de ese fallecido. Sin embargo, al ver una mujer llorando sobre el cuerpo de su marido sin vida o una madre frente al cadáver de su hijo, del que se había despedido por última vez por teléfono tres semanas atrás, provoca un escalofrío que atraviesa el cuerpo y no deja indiferente a nadie.  

 

Como periodista su trabajo es mantener el tipo. No obstante, el cúmulo de emociones y cansancio pueden jugar una mala pasada. Con cada despedida abundan las preguntas: “¿Habrá infidelidades? ¿Cómo crecerá esa niña que pierde a su padre? ¿Se volverán a ver?”.  Y la muerte se ha llevado con ella todas las respuestas.

La despedida

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La peor despedida es la de la vuelta casa. El regreso a Pamplona tiene un sabor agridulce. Lo más duro de la guerra supone abandonarla para volver a una vida de comodidades y problemas insignificantes donde se vuelve un incomprendido. Los rencuentros, la comida casera y los paseos van acompañados de una soledad que, por unas cosas o por otras, le impiden hablar de lo vivido como le gustaría. Algunos no le escuchan y otros no le entienden.

 

Después de la guerra, Torrano vive en la paradoja de haber visto lo mejor del ser humano allí y, aun así, creer un poco menos en él ahora. Ucrania le ha hecho ver aquello que no descubrió en España: en la vida las personas se mueven por sus propios intereses. A pesar todo, asegura, que allí es donde encuentra la verdadera felicidad y espera que el periodismo de guerra constituya, para él, algo para toda la vida.

Después de la guerra

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